Afantasía: Mi mejor amigo no puede imaginar

Escucha mi podcast aquí:

👉 Si te interesa hacerte el test de Afantasía,
podrás conseguir el enlace al final de este artículo.

Nunca imaginé que alguien no pudiera imaginar.

Así de contradictorio es.

Resulta más contradictorio para mi amigo Guillermo Acevedo.

Él no puede imaginar que alguien pueda imaginar cosas en su cabeza.

En esta historia cada quien defiende su cordura.

Pasaron 31 años para que Guillermo descubriera, por mera casualidad, su ciega realidad.

Una realidad que no admite ni un minúsculo grado de fantasía.

Guillermo no puede soñar.

Guillermo no puede escuchar a su narrador interno, con esa voz en off propia que nos acompaña recitándonos diálogos constructivos y destructivos…

Guillermo no puede recrear imágenes mentales.

Guillermo no puede tener fantasías sexuales.

Guillermo no puede pensar en su futuro.

Guillermo no puede meditar.

Guillermo no puede ver formas entre las nubes.

Mucho menos, Guillermo, es capaz de pensar en las musarañas.

De tan solo pensarlo, se agobia.

Y mejor ni le preguntemos si se le da lo de contar ovejas para quedarse dormido.

Eso sí, al quedarse dormido puede tener pesadillas, a pesar de que no las recuerde.

“Pero las siento, marico. Puedo saber que estaba cayendo al vacío por la sensación en el estómago cuando me despierto”.

Y es que al despertar de su oscuro sueño, le acompaña casi todo el día su característico despeinado.

Guillermo nunca ha podido peinarse bien para ir al trabajo.

Guillermo lo intenta, pero siempre hay algo en su cabeza que luce ‘al natural’.

Es la forma aplastada de su cabello ridículamente liso la que lo delata.

Cuando se ducha, puede que consiga dominar un poco su pelo.

Pero en las mañanas la rutina no suele incluir un baño.

Lo sé porque fui su compañero de piso durante tres años.

Guillermo se viste a rayo veloz, coge lo primero que ve limpio, si puede se toma una taza de café hirviendo, bien negrito, y se prepara para su jornada de trabajo.

Desde hace poco que Guillermo trabaja en un hospital psiquiátrico.

Cuenta que sus pacientes son personas con un mínimo nivel profesional y con una vida que pudieramos calificar de normal.

Y aquí es justo hacer el inciso de la normalidad como un concepto muy personal.

Una vida normal en la que habitan letras volando en el aire.

Al menos para uno de sus pacientes, que suele ver interrumpida la consulta por las incómodas letras equis que flotan en el aire.

Pero no se trata de cualquier tipo de equis, advierte con seriedad.

Su paciente se frustra una y otra vez al intentar explicar con precisión cómo son las equis que ve levitar cuando está en plena cita con su médico.

Guillermo no puede imaginar las equis, pero sabe perfectamente que está frente a un cuadro esquizoide.

Aunque ahora, para él, puede que el 98% de la población del mundo tenga rasgos esquizofrénicos.

Lo tiene claro, teóricamente, porque Guillermo es médico de profesión.

Hoy en día asegura que se hizo médico porque sus padres solían soltar al aire una frase recurrente:

“Este muchacho es tan inteligente que va a ser doctor”.

Se lo dijo su madre Mary.

Su padre Héctor.

Sus tías María Alejandra y Malu.

Y su abuela Sonia.

Tanto se lo dijeron, que Guillermo no pudo imaginar estudiar otra cosa.

Recuerda que esa ha sido de las primeras cosas que no ha podido imaginar.

No puede verse en otra profesión.

Y ahora tiene sentido.

Guillermo es mi amigo más inteligente.

Es capaz de explicarlo todo con una exquisitez y, curiosamente, con un lujo de detalle único.

¿Qué es un átomo?

¿Los gusanos tienen lengua?

¿De qué color es el universo?

Una vez me despertó para contarme la historia de un pollo que pudo vivir toda su vida sin cabeza.

Otro día elucubró toda una teoría evolutiva que explicaba por qué los seres humanos creemos en dioses.

Mientras tanto yo intentaba quitarme las lagañas y procesar toda esa información.

Guillermo se devora cuanto libro se tope de por medio.

Recuerdo que llegaba de una jornada de 24 horas de trabajo en un hospital geriátrico, y se sentaba a ver dos horas de charlas científicas.

Luego dormía para no soñar.

Su curiosidad es infinita.

Bromea diciendo que él no almacena archivos “.jpg” si no “.doc”.

Explica este chiste con el histrionismo característico de una persona súper dotada.

Lo resume diciendo que en su cabeza no se acumulan imágenes, sino sólo textos.

Por eso es una máquina de datos fácticos.

Es la mejor analogía para imaginar cómo se imagina las cosas en su mundo conceptual.

Y perdóneme el lector por conjugar tanto la palabra imaginar.

Estoy seguro de que a Guillermo nunca le resultará redundante.

Quizás, a estas alturas, el lector debe estar lamentando la vida de Guillermo.

¡Pobre hombre!, dirá.

Sería fácil caer en esa trampa.

Pero sepa usted, que a Guillermo no le ha hecho falta la imaginación.

Porque Guillermo es la imaginación.

 
La incapacidad de imaginar

En el hospital psiquiátrico fue donde leyó por primera vez sobre la afantasía.

Tenía 31 años.

Un término completamente nuevo.

Se sorprendió al caer en cuenta que las personas comunes y corrientes podían recrear imágenes mentales.

Aquello fue una novedad que lo dejó frío en el acto.

Antes de eso, vivió creyendo que eso de “ver imágenes en nuestra cabeza” era un eufemismo.

Pensar en las musarañas, visualizar durante la meditación, soñar con el divino surrealismo, escuchar nuestra voz en off…

¡Eufemismos!

La única cosa que le consoló fue saber que realmente podía poner la mente en blanco. Bueno, en negro.

Inquieto, Guillermo se leyó todo lo que pudo sobre el tema.

Se impactó al hallarse a sí mismo empatizando con las respuestas de gente afantasiosa.

Pensó que la mayoría del planeta era esquizoide.

No concibió la manera en que una persona podía vivir con voces e imágenes flotando en su cabeza.

Le recordó inevitablemente a las equis levitantes de su paciente.

Guillermo comprendió que si le pedían que pensara en una manzana, él podía hacerlo, pero a su manera.

Y vaya a saber cuál es su manera.

O inclusive, cuál es la nuestra.

Don Guillermo, que era capaz de explicar el por qué de todas las cosas, había sido hackeado por su propio sistema.

Por primera vez Guillermo era incapaz de explicar su propia teoría.

 
De la afantasía a la hiperfantasía

Madame Charlotte es una dama parisina de alta clase.

Sufre de artritis reumatoide, lo que la hace tener ciertas posturas rígidas en sus manos.

Ella nunca abandona la elegancia.

Aunque para muchos, Madame Charlotte sea criticada por ser una minúscula piedra pintada.

Para unos pocos afortunados, es un mágico personaje producto de la imaginación mitocondrial de Vanessa.

La verdad es que Vanessa Iacono ha tenido amigos imaginarios desde que tiene memoria.

Madame Charlotte es tan sólo una de ellos.

La conoció al lado del Sena y desde entonces se convirtió en su pareja de viajes.

Claro está, Madame siempre viaja en primera fila y paga todos sus gastos.

Vanessa recuerda que en su niñez se llevaba a todos sus amigos imaginarios al colegio.

Cuando se ponía aburrida la clase, les consolaba diciendo que pronto acabaría aquella tortura.

Vanessa es artista plástico de vocación, y psicóloga de profesión.

Fue a la primera persona que llamé para contarle la historia de Guillermo.

Aquello la dejó conmocionada tanto o más que a mí.

¿Cómo alguien podía no imaginar?

Inimaginable. Nunca mejor dicho.

Me pidió que le consiguiera el mismo test que se hizo Guillermo para detectar su afantasía.

Hice las diligencias y en cuestión de minutos Vanessa tenía el resultado.

No sin antes llorar mientras elaboraba el test.

El test consistía en ponerla en situación e imaginar contextos, amigos, lugares y paisajes.

Vanessa pudo sentirlo todo. De tal manera que tuvo que abrir los ojos en pleno test para desconectar de aquellos emocionantes recuerdos.

Lloró.

Entendió su exagerada sensibilidad imaginativa.

Aquello le dio sentido y justificó muchas cosas de su fantasiosa vida.

El resultado del test dio hiperfantasía.

Lo radicalmente diferente a la afantasía.

Vannesa resultó ser el polo opuesto de Guillermo.

Yo, en el medio, con mi mediana imaginación, no sabía cómo gestionar aquella desbalanceada proporción de imaginación.

Decidí que los tenía que juntar en un mismo lugar.

¿Cómo? Grabando una entrevista.

¿Cuándo? Cuando la vida quisiera que pudieran coincidir.

Y la vida quiso. Y quiso pronto.

En menos de una semana los amigos imaginarios de Vanessa llenaron mi casa y frente a ella estaba Guillermo.

No quiero preguntarme cómo se dieron las cosas tan rápido, pero se dieron.

Guillermo viajó del norte de España, hizo escala en mi casa y no lo dejé hablar hasta que empezamos a grabar.

La grabación duró una hora exacta.

Aquel encuentro fue explosivo.

Uno no podía imaginar la imaginación y la otra no podía imaginar la ceguera mental.

Un contraste invisible lleno de colores en el aire.

Sesenta minutos no fueron suficientes.

Muchas dudas quedaron en el aire, como las equis.

Pero quería que fuese así.

Una hora para entrar en la cabeza de la afantasía y la hiperfantasía.

Una hora para conocer en profundidad a Guillermo, el perro verde que él mismo es incapaz de imaginar.

Este es el Instagram Live que hice con ellos:

Por Ricardo Miranda

Por Ricardo Miranda

@popinteractivo · Creador de la academia de YouTube, especialista en innovación, periodismo, marketing digital, locución, producción y realización de vídeos

+ Sobre Ricardo

esta oferta: